El papa Francisco: Cuidando nuestra casa común

El papa Francisco: Cuidando nuestra casa común

Por Joe Robertson

La carta encíclica papal Laudato Si” (Alabado seas, mi Señor) se trata sobre “el cuidado de la casa común” y deja en claro el vínculo muy raramente explicado entre la ética ecológica y una vida de fe. Para muchos, parece un cambio en la política de cómo podemos o debemos hablar sobre el clima. Pero lo que deja en claro, sobre todo, es que estamos íntimamente conectados, a través de un tejido de recursos y relaciones, de una manera que implica una obligación ética inevitable y profunda.

El papa FranciscoEl papa Francisco basa su encíclica en la teología, la ciencia y los valores universales, y dice que la carta pretende abrir un “diálogo con todos acerca de nuestra casa común”. En la apertura, él elogia al Creador y señala la necesidad de respetar a “la hermana, nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna”. Cita a sus predecesores, incluyendo a San Juan Pablo II, que escribió sobre la necesidad cada vez más urgente de “salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana”.

En una sección titulada “Mi llamado”, el papa Francisco escribe:

“El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común”.

El elogia a todos que trabajan con dedicación en un futuro sostenible y ecológicamente integral, especialmente a aquellos que trabajan en nombre de los pobres y los más vulnerables. La Encíclica no es, estrictamente, un llamado a una acción política; es un tratado sobre el valor y la necesidad urgente de tener un compromiso sostenido y universal con la “ecología humana” sostenible, justa y espiritual. Es una forma de vivir en armonía no solo con las propias preferencias y objetivos, o incluso con el propio sistema de creencia, sino también en armonía con el bienestar de los demás, de toda la vida y de los sistemas naturales.

El mensaje del Papa, entonces, se concentra en la colaboración y conversación universal, al servicio de una meta sagrada. Él escribe:

“Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos”.

El Papa critica la “falta de interés de los demás” como las “actitudes obstruccionistas” que impiden la eficacia de tantos que ya están trabajando para fomentar una relación más viable, ética y sostenible entre la industria humana, el ingenio y los sistemas naturales que sustentan la vida. Advierte que incluso los creyentes son víctimas de tales actitudes, que “obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas”.

Aunque podemos optar por olvidar nuestras conexiones íntimas con la red de la vida, esta carta abierta a la comunidad mundial insiste en que “Nada de este mundo nos resulta indiferente.”

El papa Francisco también dice que debemos acudir “a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad”, añadiendo, “Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado”. Él cita a San Francisco de Asís, cuyo nombre adoptó al convertirse en Papa, que tuvo una honorable sensación de admiración y asombro ante los sistemas de vida y de soporte vital de la Tierra. Él advierte que “si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos”.

97 años después del final de la Guerra Mundial, 69 años después de la fundación de las Naciones Unidas, 23 años después de la adopción de las Convenciones de Río—incluida la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático— en medio de una revolución mundial de las comunicaciones basada en la red mundial de Internet (World Wide Web(, tres meses antes de la adopción de nuevos objetivos globales concentrados en la cooperación del desarrollo sostenible, y cinco meses antes de la inauguración de la conferencia del clima en París, el papa Francisco argumenta que:

“Necesitamos una solidaridad universal nueva”.

Él cita a los obispos de Sudáfrica, quienes escribieron en su Declaración Pastoral sobre la Crisis Medioambiental, en 1999, que “se necesitan los talentos y la implicación de todos para reparar el daño causado por el abuso humano a la creación de Dios”. En resumen, dice el líder de los 1.2 mil millones de católicos del mundo, “Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades”. Y por “todos podemos”, quiere decir “toda la familia humana”.

Francisco también cita al patriarca Bartolomé, que llama a un cambio en la cultura humana, la práctica y la espiritualidad, una mentalidad ecológica basada en “aprender a dar, y no simplemente renunciar”. Bartolomé dice que un estándar ético ecológico “Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia”.

La Encíclica indica que “el clima es un bien común, de todos y para todos”, y continua explicando que “a nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana”. El Papa reconoce el consenso científico y explica que “El calentamiento….crea un círculo vicioso que agrava aún más la situación, y que afectará la disponibilidad de recursos imprescindibles como el agua potable, la energía y la producción agrícola”.

Sobre el Cuidado de Nuestro Casa Común observa que el cambio climático está desestabilizando el suministro de alimentos, socavando la biodiversidad y afectando los medios de subsistencia de los pobres, “quienes también se ven obligados a migrar con gran incertidumbre por el futuro de sus vidas y de sus hijos.”. En ella, el Papa también insta que “es necesario invertir mucho más en investigación para entender mejor el comportamiento de los ecosistemas” y dedica una sección entera al”deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social”.

Otra sección se dedica a “La debilidad de las reacciones”, notando que “llama la atención la debilidad de la reacción política internacional”. El papa Francisco advierte que el enfoque tecnocrático para la resolución de problemas puede exacerbar las desigualdades y la degradación ambiental, diciendo que “la alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos”. Esto, advierte, significa una atención inadecuada a una creciente crisis global, y la eventual proliferación del conflicto armado a medida que las sociedades luchan por hacer frente a la escasez de recursos básicos.

La solución, argumenta, es la acción ética colaborativa enraizada en “la luz que ofrece la fe”. La Encíclica pretende abrir un diálogo con todas las personas “para buscar juntos caminos de liberación”. El énfasis en la alabanza a la Naturaleza, la alabanza a la Creación, el honrar a nuestra Hermana Tierra y el trabajar para garantizar la seguridad y santidad de la vida humana, especialmente los vulnerables, está enraizada en la descripción en de las escrituras antiguas de Dios mismo, mirando con aprecio y asombro por su misma Creación.

Quizás lo más notable es que Francisco describe nuestra tecnología como “creatividad y poder” y sugiere que, si bien disfrutamos de la buena fortuna de la Creación divina, también tenemos el poder de buscar conocimiento y saber. Esto, argumenta, echa raíces para una colaboración ética global enraizada en ese conocimiento y comprensión. No podemos dar la espalda a lo que sabemos, ni mucho menos a nosotros mismos ni a los más vulnerables entre nosotros. No podemos escapar de nuestras responsabilidades; de hecho, esta época se caracteriza, más que nunca, por nuestra responsabilidad compartida de trabajar juntos y apoyar un papel digno para la humanidad en el mundo.

Que valoramos muy poco nuestra relación con los sistemas naturales, al mismo tiempo que valoramos muy poco nuestra humanidad, “nos lleva a una constante es­quizofrenia, que va de la exaltación tecnocrática que no reconoce a los demás seres un valor pro­pio, hasta la reacción de negar todo valor peculiar al ser humano. Pero no se puede prescindir de la humanidad,” tampoco podemos despojarnos de nuestras obligaciones con la red de la vida.

Francisco argumenta que nuestra humanidad es la clave para resolver lo que ha provocado nuestra fragilidad humana: “No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay eco­logía sin una adecuada antropología.” Debemos tratar de comprendernos a nosotros mismos, y entre nosotros, y trabajar juntos por un futuro sostenible, viviendo en armonía con los sistemas de la Tierra.

En última instancia, el papa Francisco llama a lo que se refiere “una ecología integral”, una forma de estar en armonía con el otro que abarca la colaboración ética con respecto al medio ambiente, la economía y la sociedad humana.

El texto también respalda una serie de estándares morales y legales importantes para lograr resultados más justos:

  • Él respalda el principio legal honrado por el tiempo del bien común, a veces referido como la doctrina del fideicomiso público. Está mal destruir lo que es necesario para todos y que no se puede reemplazar.
  • Él también defiende la “justicia entre las generaciones”: equidad intergeneracional. Está mal para una generación descontar el valor del daño que causa a otra; debemos ser éticos para las futuras generaciones.
  • Y, reconoce el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” con respecto a los impactos climáticos. Aquellos con el poder de actuar no pueden imponer sus costos inmanejables a los demás. .

Según el papa Francisco, “se urgen acuerdos internacionales que se cumplan, dada la fragilidad de las instancias locales para intervenir de modo eficaz. Las relaciones entre Estados deben resguardar la soberanía de cada uno, pero también establecer caminos consensuados para evitar catástrofes locales que terminarían afectando a todos.”

Advierte de soluciones falsas y sugiere que si una solución depende de los mercados, del financiamiento o de la tecnología, debe ser coordinada, integral, ecológicamente sostenible, y capaz de crear un resultado más justo y digno para la humanidad y una relación más armoniosa y resiliente entre la sociedad humana y los sistemas naturales. Es demasiado tarde para medias tintas o para cualquier propuesta que no esté dirigida a cumplir con todos esos estándares.

Este documento histórico abre una nueva etapa en la conversación global sobre cómo sanar nuestra relación con el planeta, lo que nos da vida y nos sostiene. En esta nueva fase, debemos reconocer que los sistemas naturales que dan vida son sagrados y deben estar vinculados a todo lo que consideramos ético, esencial y humano. Nuestra libertad y nuestra capacidad de existir como comunidad mundial dependen de si respondemos a esta crisis de una manera que logre una ecología humana más completa, más justa y más resistente.

Joe Robertson es el Director de Estrategia Global para Ciudadanos por un Clima Vivible.

Steve Valk
Steve Valk es el Director de Comunicaciones para Ciudadanos por un Clima Vivible. Steve se unó al personal de CCL en 2009 después de una carrera de 30 años con el periódico Atlanta Journal-Constitution.

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